sábado, 25 de marzo de 2017

The National Anthem - Radiohead

Un ejército en que cada soldado tenga colores diferentes. Un ejército en que cada soldado marchara como se le antojara. O mejor que no marchen, sino que dancen. Que no griten, sino que canten. Que interpretem.

Solo la guaripola es permanente en sus movimientos.

Pero se les ve molestos, aunque a los militares siempre se les ve molestos, excepto cuando se alcoholizan, porque ahí se ven molestos pero más borrachos. No están cómodos porque están moviendo su trasero de un lado a otro, en cambio ellos están acostumbrados a bailar como hombres, con gestos obscenos y patéticamente sexuales. Bailar libremente podría dejar entrever que les gustan los hombres y eso es muy malo les dijo su mamá y les gritó su papá.

Pero es tan divertido darles este falso libre albedrío, porque no hay un molde en el cual descansar, y tienen que acomodarse a no saber muy bien qué están haciendo. Es divertido, pero me siento feliz de verlos así en mi pantalla cerebral.

Pantalla que es una entre muchas. La gente que está a mi alrededor también mira sus pantallas. En las pantallas está eso no que nos hace feliz. Es tan divertido.

Ya no somos diecisiete, somos mil. Menos mal que no tengo que mirarlos a los ojos, porque o sino tendría que desviar la mirada y desconcentrarme de estos milicos bailarines que me dan tanta risa y alegría.

La guaripola es permanente.

Huele un poco a gas, no, no es gas, es este olor que hay alrededor de la soldadura de fierros. Imagen de un hombre de treinta, probablemente rehabilitándose temporalmente, que tiene la máscara hacia arriba, sin proteger su cara, y estúpidamente se quema las pestañas en las chispas que salen de su máquina de chispas.

Sigan bailando. Bailen para mí. Mientras yo cierro mis ojos.


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