La puerta se cerró y después una reja chirrió un poco más allá. El polvo de la calle se arremolinaba y se desenredaba sin que nadie se diera cuenta, uno que otro perro ladraba provocando una bulla que a los minutos terminaba.
Silenciosamente una pelusa se posó sobre un espejo trizado que dibujaba a una niña que miraba televisión. Sus cinco hermanos y sus seis hijos, sumaban más de una docena de fotos polvorientas en una muralla de color damasco.
Una oración invisible iba desvaneciéndose a medida que la periodista pronunciaba rápidamente otras dos, y palabra a palabra se iba armando una maraña que iba deshilando una mujer que planchaba una blusa rápidamente.
El noticiero de la mañana a veces duraba tanto como un día entero, un parpadeo. Una anciana sentía calor por el ejercicio de desenredar y retener un montón de información que a su vez se le iba escapando sin querer.
Mientras en la calle iba oscureciendo, un niño con cara de viejo miraba por la ventana y los retratos colgados de la pared cada vez se llenaban más de polvo.
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